El tiempo ha pasado. Ambos han cambiado. Las arrugas de la risa, quizás algún kilo de más, o ese aire de madurez que solo dan los años difíciles. Se miran y, de repente, el tiempo se pliega. El calor del verano reaviva las brasas que creías apagadas. Esta vez, no hay excusas. O te tiras a la piscina o te quedas en el borde toda la vida. Es el amor más complejo, porque trae consigo el equipaje de lo que no fue, pero también la sabiduría de lo que se puede construir ahora. Ningún recuerdo de el verano en que me enamoré está completo sin su banda sonora. El cerebro humano asocia la música con emociones intensas y, durante la adolescencia y la juventud (nuestra edad emocional veraniega), esas asociaciones son grabadas a fuego.
No me refiero únicamente al enamoramiento romántico, aunque ciertamente ese suele ser el protagonista. Hablo de enamorarse de la vida, de las segundas oportunidades, del sabor salado del mar en los labios resecos por el sol, y de esa versión de nosotros mismos que solo emerge cuando el termómetro sube y las reglas se aflojan. El verano en que me enamore
Hay estaciones que simplemente pasan, como fotogramas borrosos de una película que olvidamos al día siguiente. Y luego, hay un verano. Ese verano. El verano en que me enamoré . El tiempo ha pasado
Y si este año no llega, no te preocupes. El verano siempre vuelve. Como el oleaje, como la marea, como la promesa tácita de que, en algún lugar, bajo el sol abrasador, hay una persona que aún no has besado, una conversación que aún no has tenido, y una versión radiante de ti mismo esperando a salir del caparazón. Se miran y, de repente, el tiempo se pliega
Todo cambia en una noche de verbena. Él te ofrece su chaqueta cuando empieza a refrescar. Ella se ríe de una manera diferente, con una luz en los ojos que antes te resultaba familiar y que de repente te resulta fascinante. El verano, con su calor asfixiante, derrite la última barrera de la amistad. Este amor tiene una ventaja: el terreno ya está sembrado. Conoces sus defectos, sus manías, y aun así, quieres más. El riesgo, por supuesto, es perderlo todo si el amor no funciona. Pero cuando funciona, es el mejor regalo que el verano puede dar. Este es para los valientes. Ese verano vuelves a tu pueblo natal, o asistes a la boda de un amigo del instituto, y allí está. Tu primer amor. Ese amor que dejaste pendiente por la distancia, la juventud o la cobardía.